domingo, julio 20, 2008

 

Cataratas del Niágara, 19 de julio de 2008

Desayuné prontito con la esperanza de llegar antes de la hora de comer a las cataratas. Como las autopistas tienen tan pocas curvas y el paisaje es similar, el único entretenimiento consiste en ir leyendo cada dos millas los nombres de quienes han adoptado una patrulla de limpieza de arcenes. Arcenes en los que se ven montones de animalillos (incluso algún gamo) y restos de neumáticos, e incluso algún que otro coche parado. Lo de los animales tiene explicación en la vegetación de los alrededores, pero ¿y los neumáticos? ¿Son peores que los de España? ¿Los aguantan en los coches hasta que revientan de puro viejo? ¿Revientan si uno se sale al arcén a demasiada velocidad?

Con lo que no contaba fue con que en la primera autopista de peaje, ya en el estado de Nueva York, no se pudiera pagar con tarjeta. Total, que me toca parar e ir a las oficinas a que rellenen un papelito con el que poder pagar a la vuelta... y me avisan que en el otro peaje que me queda es igual y que saque dinero del cajero (en Pennsylvania, como no hay peajes en mi zona, no se necesita cash).

Así que salgo al pueblo, en busca de un cajero, que encuentro en la gasolinera. Aprovecho para echar gasolina -que es lo que traga el coche después de buscar por todos los papeles, porque no dice nada en el tapón- y el pobre chico tiene que explicarme cómo hacerlo ya que ando perdidísima. Y es que una vez desenganchada la manguera hay que bajar el chisme en que se apoya.

Después de eso, llego a Niagara Falls, NY, sin mas aventuras y tras bordear el río que va de un lago a otro. La mitad de los aparcamientos están llenos y me toca dar un par de vueltas antes de aparcar en el de un restaurante que tiene bastante gente para la hora que es... hasta que me doy cuenta de que aquí es una hora menos y es la hora de la comida.

Cuando termino está lloviendo y descubro, además, que la cámara no se enciende. Está sin baterías y me va a tocar utilizar el móvil, como en El Cairo, con lo mal que hace las fotos. Supongo que si hubiese hecho un día soleado, aparte de caluroso y húmedo, me hubiese dado mas rabia.

La zona está muy agradable para peatones, apartado de los coches y permitiendo llegar hasta casi tocar el agua que cae por las cataratas y se pulveriza antes de llegar a las rocas de abajo. Hay unas cuevas (Cave of the winds o cuevas del viento) a las que se puede acceder mediante una cola bastante larga y previo pago de ticket. Me apetece un montón, pero tampoco quiero que se me haga de noche al volver, así que tengo que pasar tanto de esto como del paseo en barco hasta el pie mismo del agua. Desde arriba se ve cómo los barcos tienen bastantes problemas para acercarse a la catarata por la fuerza del agua. Además, son como puntitos borrosos llenos de hormigas azules (el color de los chubasqueros que les dan) en medio de la niebla causada por el agua.

Otra cosa que me hubiese encantado es pasar al lado canadiense para verlas de frente. Problem is, olvidé el pasaporte en el hotel después de haberlo sacado por la mañana.

A la vuelta, en una parada para apagar la sed, cuando me vio con el montón de moneda europea, la cajera me preguntó si era de allí. Ella era bosnia y estaba en un intercambio estudiantil. Todos los días se hacía 50 minutos en coche para ir y otros tantos para volver.

Y de nuevo, las tiendas outlet que había un poco mas allá estaban hechas para ir de un extremo a otro en coche. Vamos, como el Las Rozas Village, pero mas extendido a lo largo en vez de a lo ancho y un poco mas grande.

Cuando llegué al hotel, resulta que había habido alerta de incendio y los ascensores estaban fuera de servicio. Ni con esas ni con la hora que era perdoné la piscina (seis plantas para ponerme el bañador, seis plantas para bajar y seis plantas de vuelta a la cama).

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