sábado, abril 08, 2006
Giza, Egipto, 7 de enero de 2006
Hoy tocan las pirámides, que ya son la última visita incluida en el paquete. Pero primero hay que recoger a las del Pyramids Park, que tienen vistas a las pirámides por un lado y al palacete indocolonial de Naguib Mahfuz por otro.
A un lado, en una parcela metida de lleno en el desierto hay un cartel avisando de la próxima construcción del Nuevo Museo Egipcio, previsto para inaugurarse dentro de seis años y que va a ser mucho mayor que el actual, que es más bien un almacén con una pequeña muestra al público.
Las pirámides aparecen brumosas por la calima en el horizonte, pero los 160 m aproximadamente de las de Kefrén y Keops ya impresionan en la distancia. Lo cual quiere decir que a sus pies te sientes bastante insignificante, con esos enormes bloques de 10 Tm.
Mientras esperamos a que salga el segundo grupo del interior de la pirámide de Kefrén, nos vemos asaltados por un montón de niños y nos tenemos que mover de sitio. Aunque la sincronización es perfecta y según nos vamos vemos que ya han salido y, que además, el airecito que corría ha limpiado la atmósfera y se ve El Cairo en el horizonte.
En la pirámide de Keops han construido una especie de barca de cristal y hormigón que, cosa curiosa, alberga la barca solar del faraón que desenterraron hace unos años. Desentona que no veas frente a las pirámides, pero al menos permite la visita.
Empiezan a salir casi todos los autobuses y quedamos los locales y los rezagados antes de la llegada de la siguiente tanda.
No se cómo, acabamos haciéndonos a la vez fotos con varios grupos de cairotas a la vez: Julián con las chicas y Adela y otras valencianas, con los chicos.
Otras pocas fotos más y volvemos a subir al autobús para ver las tres pirámides en un encuadre y dar el que quiera el paseo a camello. De paso bordeamos la pirámide de Micerinos, pero no paramos.
La vista que tenemos es grandiosa y las fotos con los camellos enjaezados hacen que te sientas un poco como en una película de Lawrence de Arabia, con sus falsos beduinos auténticos recién llegados del desierto y todo.
Al ir hacia la esfinge nos damos cuenta de que podíamos haber subido hasta un tercio de la pirámide de Kefrén, pero ya es tarde. El viento parece que comienza a arreciar y empieza a hacer bochorno. En las inmediaciones de la esfinge ya se pueden ver las masas de arena volando a ráfagas y mientras esperamos se desencadena el jamsin con toda su furia. La arena se te mete por todas partes, boca incluida, y cae desde las cejas por el interior de las gafas, por lo que termino tapándome por completo con el pañuelo de muselina. Pero se me ha olvidado proteger algo, la cámara de fotos, y después de cerrarse ya no ha vuelto a abrirse. Debe tener polvo en el mecanismo de arrastre del zoom.
En este momento el paisaje es apocalíptico, con el cielo oscurecido y la arena y el polvo volando por todas partes. Ahora entiendo porqué cuando hay sombras no hay policías en la calle.
En la cafetería no han puesto toldo que proteja de la arena.
Hoy nos han llevado a la joyería que tienen acordada. Los precios vuelven a estar pelín hinchados. Y ahí es donde me separo de mis compañeros de grupo. Ellos se van a comer a un restaurante de una cadena francesa en la zona, y a mí me envían de vuelta al hotel con un taxista que no para de mirarme de reojo. Al principio creo que porque es un barbudo algo fanático y luego resulta que es porque yo estaba sentada detrás de él y no en el otro lado, que parece ser la etiqueta en estos casos.
Llamo a Pablo, que está medio pocho, y al final, entre eso y el jamsin, nos quedamos de tranquis en su casa.
Cuando el jamsin para, salimos a comprar unos frutos secos y agua para mí, y algo para cenar, y la atmósfera es como la de Blade Runner en los callejones oscuros, decadente y con un punto irreal.
Supongo que en los callejones sucios de los barrios no asfaltados la cosa ha sido peor.
De vuelta al hotel caigo en que me he dejado las cosas en Maadi. Tampoco es que pueda pensar mucho en ello porque en recepción me encuentro con las alicantinas y Julián, que han quedado con el encargado de una de las tiendas del hotel para que los lleve en plan local a Jan el Jalili. Él nos sacará unos precios a medio camino de los locales (20 LE), cosa que siempre zanja con un “son amigos”, y hay que añadir “no vacas que den dinero en vez de leche” o “naranjas a las que hay que exprimir”. Paseamos por los alrededores de la mezquita de Al Hussein y Julián acaba picando de nuevo en una tienda de antigüedades, y encima no se resiste y en una de las placas de imprenta se pone él a regatear en vez del egipcio, que le abronca al salir.
Luego tomamos algo en un bar de Midan Hussein y Julián y Loreto prueban la shisha, o pipa de agua.
Aquí se acerca un vendedor de carteras que nos demuestra con el mechero cual es de piel de camello. No arde bajo la llama ni se chamusca. El regateo es alucinante y silencioso, y parece ser que el tipo ha bajado de 100 a 10 LE.
A la vuelta al hotel paramos antes de llegar para que el taxista no se mosquee tanto por los turistas.
Día 8
A un lado, en una parcela metida de lleno en el desierto hay un cartel avisando de la próxima construcción del Nuevo Museo Egipcio, previsto para inaugurarse dentro de seis años y que va a ser mucho mayor que el actual, que es más bien un almacén con una pequeña muestra al público.
Las pirámides aparecen brumosas por la calima en el horizonte, pero los 160 m aproximadamente de las de Kefrén y Keops ya impresionan en la distancia. Lo cual quiere decir que a sus pies te sientes bastante insignificante, con esos enormes bloques de 10 Tm.
Mientras esperamos a que salga el segundo grupo del interior de la pirámide de Kefrén, nos vemos asaltados por un montón de niños y nos tenemos que mover de sitio. Aunque la sincronización es perfecta y según nos vamos vemos que ya han salido y, que además, el airecito que corría ha limpiado la atmósfera y se ve El Cairo en el horizonte.
En la pirámide de Keops han construido una especie de barca de cristal y hormigón que, cosa curiosa, alberga la barca solar del faraón que desenterraron hace unos años. Desentona que no veas frente a las pirámides, pero al menos permite la visita.
Empiezan a salir casi todos los autobuses y quedamos los locales y los rezagados antes de la llegada de la siguiente tanda.
No se cómo, acabamos haciéndonos a la vez fotos con varios grupos de cairotas a la vez: Julián con las chicas y Adela y otras valencianas, con los chicos.
Otras pocas fotos más y volvemos a subir al autobús para ver las tres pirámides en un encuadre y dar el que quiera el paseo a camello. De paso bordeamos la pirámide de Micerinos, pero no paramos.
La vista que tenemos es grandiosa y las fotos con los camellos enjaezados hacen que te sientas un poco como en una película de Lawrence de Arabia, con sus falsos beduinos auténticos recién llegados del desierto y todo.Al ir hacia la esfinge nos damos cuenta de que podíamos haber subido hasta un tercio de la pirámide de Kefrén, pero ya es tarde. El viento parece que comienza a arreciar y empieza a hacer bochorno. En las inmediaciones de la esfinge ya se pueden ver las masas de arena volando a ráfagas y mientras esperamos se desencadena el jamsin con toda su furia. La arena se te mete por todas partes, boca incluida, y cae desde las cejas por el interior de las gafas, por lo que termino tapándome por completo con el pañuelo de muselina. Pero se me ha olvidado proteger algo, la cámara de fotos, y después de cerrarse ya no ha vuelto a abrirse. Debe tener polvo en el mecanismo de arrastre del zoom.
En este momento el paisaje es apocalíptico, con el cielo oscurecido y la arena y el polvo volando por todas partes. Ahora entiendo porqué cuando hay sombras no hay policías en la calle.
En la cafetería no han puesto toldo que proteja de la arena.
Hoy nos han llevado a la joyería que tienen acordada. Los precios vuelven a estar pelín hinchados. Y ahí es donde me separo de mis compañeros de grupo. Ellos se van a comer a un restaurante de una cadena francesa en la zona, y a mí me envían de vuelta al hotel con un taxista que no para de mirarme de reojo. Al principio creo que porque es un barbudo algo fanático y luego resulta que es porque yo estaba sentada detrás de él y no en el otro lado, que parece ser la etiqueta en estos casos.
Llamo a Pablo, que está medio pocho, y al final, entre eso y el jamsin, nos quedamos de tranquis en su casa.
Cuando el jamsin para, salimos a comprar unos frutos secos y agua para mí, y algo para cenar, y la atmósfera es como la de Blade Runner en los callejones oscuros, decadente y con un punto irreal.
Supongo que en los callejones sucios de los barrios no asfaltados la cosa ha sido peor.
De vuelta al hotel caigo en que me he dejado las cosas en Maadi. Tampoco es que pueda pensar mucho en ello porque en recepción me encuentro con las alicantinas y Julián, que han quedado con el encargado de una de las tiendas del hotel para que los lleve en plan local a Jan el Jalili. Él nos sacará unos precios a medio camino de los locales (20 LE), cosa que siempre zanja con un “son amigos”, y hay que añadir “no vacas que den dinero en vez de leche” o “naranjas a las que hay que exprimir”. Paseamos por los alrededores de la mezquita de Al Hussein y Julián acaba picando de nuevo en una tienda de antigüedades, y encima no se resiste y en una de las placas de imprenta se pone él a regatear en vez del egipcio, que le abronca al salir.
Luego tomamos algo en un bar de Midan Hussein y Julián y Loreto prueban la shisha, o pipa de agua.
Aquí se acerca un vendedor de carteras que nos demuestra con el mechero cual es de piel de camello. No arde bajo la llama ni se chamusca. El regateo es alucinante y silencioso, y parece ser que el tipo ha bajado de 100 a 10 LE.
A la vuelta al hotel paramos antes de llegar para que el taxista no se mosquee tanto por los turistas.
Día 8
Etiquetas: Egipto
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