sábado, marzo 18, 2006

 

Asuán y Kom Ombo, Egipto, 4 de marzo de 2006

No he dormido nada, entre un compresor de un barco vecino y los de la habitación de al lado empalmando, y los de Barcelona que llegaron a las 2:00, ha sido un duermevela tonto. Por cierto, que los guías parecen bastante bromistas, lo mismo que el cocinero de anoche y los azafatos del avión. El del autobús de anoche nos dijo que estos viajes no eran solo culturales, sino también sexuales, porque nos iban a joder bien pronto por las mañanas, o alguna cosa similar. Para no variar, dos personas han llegado tarde al autobús, y para que pudiesen hacer la visita los acercaron al punto de reunión general, al que llegaron por los pelos.

Pero es un convoy un tanto extraño, ya que los autocares, furgonetas y coches no van todos seguidos y a la misma velocidad, sino que van adelantándose unos a otros de vez en cuando, y tienes que cruzar los dedos para que no venga nadie de frente.

En los lados de la carretera había unas marcas como las de las protecciones de viento de las vides en terreno volcánico y nos han dicho que son de coches aparcados ¿esperando a que pase el jamsin?

El panorama cerca de Abu Simbel mas que de desierto es de reg, y hay montículos pedregosos a lo largo de kilómetros. En todo caso, lo que más sorprende es ver basura a los lados de la carretera (bidones, plástico, etc) y esas paradas de autobús que parecen no conducir a ningún lugar.

A las 7:30 llegamos a Abu Simbel y a la sombra hace fresco, pero según el guía nos va explicando la campaña de traslado de los templos para salvarlos del agua de la presa comienza a picar el sol. El templo de Ramsés es especialmente impresionante, tanto por dentro como por fuera, pero entre que fuera hay demasiada luz para que salgan bonitas las fotos sin filtro, y dentro no dejan hacerlas, no sé como habrán resultado las cosas. Y aunque no hay guardia con túnica blanca todo el rato, suelen pillar a bastantes personas haciendo fotos.

Uno de los relieves famosos, de Ramsés con el ramillete de cabezas de enemigos, está según se sale a mano derecha. Y en el templo de Nerfertari hay otro similar, pero con una sola cabeza.

Me hacen gracia los turistas que se sientan a 1 m de los murales, como extasiados por las pinturas, y en realidad se pierden toda la grandiosidad del conjunto.

Viniendo por la carretera han sido varias las cosas que me han llamado la atención: primero, cuando los mini camiones bus se llenan, se queda el último pasajero agarrado como puede por detrás; las líneas de la carretera son opcionales, si el asfalto de un lado está mal, se conduce por el otro, y si el que viene de frente tuyo es más chico, es él el que se echa al arcén.

Otra cosa que me ha llamado la atención es el de las casetas de las bombas de agua, son del mismo color azul que utiliza el Canal de Isabel II. Una vez llegas a la ciudad, la cosa cambia y las casetas de colorines son las eléctricas.

Antes de llegar de nuevo a Asuán hemos parado en la presa alta, con una draga en medio para que sea patente que la presa está llegando al final de su vida útil, pero cómo vas a decírselo a los egipcios con lo orgullosos que están de su obra de ingeniería. Y con motivo. Veo la primera barca de pescadores, de pértiga.

De aquí nos llevan a la fábrica de perfume, donde descubro que aquí utilizan las esencias medicinales de forma semejante al bálsamo de tigre asiático, con la salvedad de que en vez de alcanfor utilizan sándalo.

Aquí nuestro guía demuestra ser un buen intermediario, prefiere que nos hagan un buen descuento para que compremos más, y así se lleva él más comisión.

Volvemos a atravesar la zona de edificios de tejados planos con la que me reía ayer, porque justo los estábamos pasando cuando contaba el guía que para defenderse del calor construían tejados abovedados o cúpulas.

Y como es hora de comer, todo el mundo está en la calle esperando al autobús. Se ven muchísimos hombres con galabiya y mujeres tapadas de arriba abajo, muchas de ellas de negro completamente. ¡Pues menos mal que tienen una catedral copta!

A continuación, seguimos con el itinerario previsto y vamos a las canteras de granito en que está el obelisco inacabado. Al principio solo se ven rocas por todas partes, pero al subir a la parte alta ves el monolito a medio arrancar de la roca, a base de cuñas de madera empapadas en agua, y las marcas dejadas por los canteros.

A la salida, una galería de mas de 100 m de largo llena de egipcios y niños tratando de venderte lo que puedan o intentando en algún caso meter mano a las mujeres del grupo. A mi me debieron de echar algún piropo o decirme alguna burrada, porque se echaron a reir cuando les pregunté qué habían dicho.

Llegamos a comer un poco tarde, pero después nos subimos a la cubierta del barco a descansar y refrescarnos con el aire que corría en el Nilo. Que sigue siendo la zona vital. Hay gente jugando al fútbol, búfalos de agua, vacas, hombres en asnos, pesqueros anchos y superplanos de dos mástiles...

La vista de Kom Ombo desde el barco al anochecer es impresionante. Los lotos de los capiteles se destacan incluso en la distancia, del tamaño que tienen. Y si visto de lejos impresiona, de cerca deja sin palabras. Hay relieves ocupando cada centímetro disponible de superficie, ya sea en columnas, como en vigas como en muros.

Los más antiguos son altorrelieves en los que pueden discernirse desde los más mínimos detalles del trenzado del pelo de una diosa, hasta los paquetes musculares en las piernas. Además, la iluminación nocturna se encuentra en general muy bien pensada, por lo que se puede admirar tranquilamente el conjunto (es un templo doble, pues está dedicado a dos dioses: Sobek, con cabeza de cocodrilo; y Harœris, con cabeza de halcón).

En una de las paredes hay un bajorrelieve con un equipo médico de lo más completo, y en otras hay lo que parece una vihuela y vieiras.

En el mismo recinto se encuentra un nilómetro (utilizados para seguir las crecidas del Nilo), con un pozo bastante bajo de agua desde que se terminó la presa de Asuán, al que llevan una serie de escalones. Un segundo poco se dedicaba a los cocodrilos consagrados a Sobek, que se pueden ver momificados en una capilla adjunta.

De nuevo, el recorrido que lleva del barco a las ruinas del templo se encuentra lleno de vendedores: niños en el primer tramo y adultos con tenderetes en el acceso principal. Los niños se entretienen jugando al fútbol hasta que se acerca un grupo de turistas y entonces empiezan a vociferar sus mercancías. Por supuesto, también hay que regatear.

Lo triste es que había un niño más pequeño, con un burrito también pequeño, con una cara indecible de aburrimiento y desgana y apatía, y cuando fui a darle la piruleta que creí que llevaba encima, no la encontré. Me la había dejado en el barco y aquí no se puede despistar una un segundo porque te pierdes del grupo.

Los camareros de planta nos han gastado una broma: si está mañana a los de la primera les hicieron una flor con toallas y el cenicero a forma de centro, durante la cena en la segunda planta nos han hecho un hombre albornoz. Aunque una chica que no se dio cuenta al entrar en la habitación se llevó un susto de muerte al encontrárselo cuando iba a salir, con las gafas de sol puestas y la boca hecha con un trocito de bolsa de basura :)

Por cierto, que hoy los postres de la cena han sido especialmente buenos, habiendo pasta de almendras hilada (creo que es maasa en árabe, no estoy segura), pastas de almendra, baclava, una especie de mazapán de Soto y un arroz con leche que parecía gelatina. Y todo porque hoy era la fiesta de la galabiya y hay que disfrazarse estilo egipcio, aunque las había que parecían zíngaras y bailarinas de charlestón.

Entre el personal del barco no hay mujeres, lo mismo que el viernes por la noche en las terrazas de Asuán.

¡Ah! Algunos de los barcos son un pelín ostentosos, con mármoles en vestíbulos y suelos, escaleras estilo barroco que se van abriendo según vas acercándote al suelo, pasamanos dorados... Y lo sé porqué en Kom Ombo hemos tenido que atravesar otros seis barcos para llegar a puerto.

Me acabo de asomar a la ventana, a ver si por fin se veían muchas estrellas, pero ¡ay!, que se refleja mucha luz en el Nilo, aunque en las orillas apenas se vea una fogata de cuando en cuando y tampoco se vean tantas, y en el polvo del desierto en suspensión. Eso sí, me he sentido un poco como en casa al ver el cinturón de Orión, con lo que me he sentido identificada con esos marinos que buscaban su referencia en ellas para saber cuando estaban acercándose al hogar.

Día 5

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