sábado, septiembre 11, 2004

 

Hanoi, Vietnam, 27 de junio de 2004

Estamos en el avión y al ver a todo el mundo hurgándose los dientes con los palillos me he acordado de que este debe ser el deporte nacional. Se les ve por todas partes.

¡Ah! Viniendo hacia el aeropuerto de Ða Nanag hemos pasado por un par de mercados mañaneros situados al borde de la carretera. Como no hay tantos turistas como en Hoi An, en vez de puestos de camisetas y souvenirs con un par de ellos de comida, lo que hay es puestos con animales vivos, lechoncitos, patos, etc., y frutas y verduras.

Las horas de las comidas acá se parecen mas a las del Reino Unido que a las españolas. Desayunan con las gallinas (prontísimo), comen a las 12-12:30 y cenan como a las 7-8 de la tarde. Hay unos puestos callejeros con tallarines, fideos, arroz y pollo, mesitas y sillas bajas, y allí están todos tomando su pho (sopa), o mejor dicho, sorbiendo. Sorber debe ser el segundo pasatiempo favorito. Sorben agua, refrescos y sopa, y a veces parece que cuanto más ruido hagan al sorber, mejor.

El dinero y la comida te las presentan un poco como los japoneses, cogiéndolos con las dos manos y haciendo una reverencia.

Ayer, después de decir que soy de Tay Ba Nha me preguntaron si sabía vietnamita, y ahora he ampliado mi vocabulario en otra palabra mas: tam viet (adiós). También vimos a varias personas despiojándose unas a otras en una casa.

La llegada a Hanoi no pudo ser más deprimente. El hotel estaba en el barrio antiguo, pero es que además no deben haberlo renovado desde que lo construyeron. Total, que nos vamos al Sinh Café a que nos cambien. Por el camino vemos tropecientosmil Sinh Café falsos, pero nosotras tenemos la dirección del auténtico ;) Al pobre hombre le fastidiamos la comida, pero enseguida nos encuentra alojamiento, y llevan a Angela en moto para que le de el visto bueno. Pagamos 5$ mas, pero tener bañera en vez de solo suelo es un cambio para bien. Los del nuevo hotel incluso mandan a un taxi a recogernos.

Tras dejar las cosas en el hotel, nos dirigimos hacia el lago del oeste. Este lago empieza a reconciliarnos con Hanoi, pues no está lleno de turistas. Pero poco después nos encontramos con unas pícaras dignas de Quevedo en uno de los templos chinos (Quan Choc). Empiezan pidiéndonos 50.000 VND a cada una y luego lo rebajan, para mas tarde intentar vendernos también postales y camisetas. Les pedimos un ticket, se ponen nerviosas y después de rebuscar nos sacan uno del museo de Ho Chi Minh. Les pedimos que nos devuelvan el dinero, y lo hacen. Todavía hay diferencias con España.

Nos acercamos al lago, que es como el Retiro de Madrid pero a lo bestia, para hacer unas fotos y seguir hacia una pagoda. No deja de sorprenderme la falta de papeleras (en algunos sitios, las que hay tienen forma de pingüino) y lo guarras que tienen las calles y lagos.

A la pagoda no puedo entrar por llevar pantalones cortos, aunque de haberlo intentado no creo que nadie me lo hubiese impedido. Al salir paramos a tomar un helado, y como no nos cobran en el momento, se produce una confusión al ir a pagar. La chica, si nos descuidamos, nos sirve otro par de helados, y al decirle que no, nos quiso devolver el dinero :)

Seguimos la ruta typical turista hasta la zona del museo y mausoleo de Ho Chi Minh y la pagoda del pilar único.

Aquí tampoco puedo entrar y Angela sale enseguida porque tienen servicio religioso. Total, que continuamos camino hacia los dos objetivos programados: el templo de la literatura y el museo de bellas artes.

Entramos en el museo por ser el que cierra antes y mientras cambiamos de piso oímos un repiqueteo raro. Al asomarnos a las ventanas descubrimos lo que sucede: está jarreando a mas no poder. El cielo se cae sobre nuestras cabezas, como en los tebeos de Asterix. Es impresionante ver como cae el agua.

Mientras matamos el tiempo esperando a que termine la inundación, conocemos a unos cubanos que han venido como entrenadores del equipo vietnamita de boxeo, y a sus dos amigos de acá: un futbolista argentino y otro brasileño. Por lo que nos contaron, son una especie de estrellas locales al haber hecho subir al equipo a primera división. El brasileño también contó que aquí juegan muy a lo bruto y que había tenido que ir por una patada al médico, y que éste le había recetado vitaminas para curarse, no más, y que cuando se lo repitió el intérprete, tampoco se lo creía.

Otra cosa que contaron es que aquí la gente come haciendo mucho ruido y escupiendo al suelo lo que no les gusta. Lo que no dijo, pero hemos visto nosotras, es que les encanta hurgarse entre los dientes con palillos.

Diego, el argentino, tiene una amiga vietnamita que llama a un taxi para que podamos volver al hotel. Mientras esperamos a que llegue, hacemos bromas de las motos submarinas, porque el agua les llega casi a la altura del motor.

Cuando al final llega el taxi, resulta que no podemos llegar al hotel porque en uno de los cruces hay demasiada agua y no se puede pasar, así que decidimos entrar en un bar a tomar algo mientras aquello desagua y Angela se mosquea porque tienen todas las banderas de la Eurocopa, menos la de Inglaterra.

Por la noche vamos a cenar a un italiano regentado por un australiano cerca del lago de la tortuga, invitadas por los deportistas.

Poco después, y tras tragar unos espaguetti carbonara con cebolla incluida, aparece una amiga brasilera de Santos y nos reímos un rato porque el pobre no hace mas que falar una mezcla de español y portugues con ella en vez de solo portugués.

Supongo que con esto hemos terminado de reconciliarnos con Hanoi, pero por si fuera poco, en el taxi de vuelta damos un rode alrededor del lago, por lo que vemos los templetes iluminados.

Día 28

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