viernes, agosto 27, 2004
Hoi An, Vietnam, 26 de junio de 2004
Hoy hemos aprovechado para levantarnos tarde por una vez, porque a partir de ahora todas las salidas serán sobre las 7:00 am
Lo primero ha sido ir al sastre para ver si tenían que hacernos arreglos: en el caso de mi vestido azul no ha hecho falta, y el pantalón del ao dai me cae estupendamente, pero la parte de arriba me está estrecha y me llevan en moto al taller para que lo vea la costurera, que no hace mas que gesticular y señalar las medidas. Debe ser que las medidas que toman valen para las vietnamitas, pero no para alguien con espaldas anchas.
De aquí nos vamos a la primera isla por indicación dela sastre, que habla mucho mas inglés de lo que dice Olga. A pesar de todo, hay una tienda que se llama Same, same, but better en vez del same, same, but different para la copia en otro color que nos decía Olga.
La isla se llama Cam An y se nota que llegan muchos menos turistas que al resto de Hoi An. En cuanto sales de la calle principal no se ve a nadie. Incluso vimos las construcciones típicas de caña y palma. Lo que es increíble es la altura que alcanzó la última inundación, casi dos metros. No creo que estas casas sean fáciles de montar y desmontar como los templos, ya que estos últimos al menos llevan grandes vigas y pilares.
Del pueblito volvimos al hotel a darnos otro chapuzón y después volvimos a la carga y compramos un ticket para entrar en diferentes clases de monumentos del pueblo: un museo, una casa antigua, una casa de reunión china, el puente japonés y “bienes intangibles” culturales. En nuestro caso vimos los tres museos porque en los dos primeros a los que fuimos, el de cerámica y el del pueblo, no nos quitaron el cupón correspondiente. El de cerámica estaba en una casa vieja de la ciudad con los dos pisos de madera sin decorar y la cerámica consistía en piezas rotas en su mayoría. Eso sí, tenían una maqueta de barco impresionante.
Hablando de barcos, ya ví como bajan las redes colgantes. Tienen una especie de timón-cabrestante en un extremo del tinglado, y al aflojar las cuerdas, el tinglado se vence, con los palos incluidos, hasta que la red queda sumergida por completo.
El museo de la cultura son anh es una mezcla curiosa, pues la parte superior del edificio colonial corresponde al museo de la revolución. Tenían una de las tapas de entrada a los túneless del Viet Minh y debo decir que no se si cabría por el agujero. Del tercer museo apenas vimos nada, porque enseguida nos pasaron al templo anejo.
Las salas de reunión de la comunidad china son caso aparte: tienen un recibidor con un par de estanques en los laterales y luego la entrada propiamente dicha. Sigue una especie de comedor con un patio y altares en los laterales, y un altar principal al fondo. Del techo cuelgan unos conos de incienso con unas tablillas con inscripciones, supongo que a imagen y semejanza de nuestros objetos votivos.
En un anejo lateral del edificio hay fotos de personas y tablillas con ¿nombres?. Deben ser los altares para recordar a los antepasados. Y al fondo del todo un estanque con un dragón. Por todas partes hay bonsáis y maquetas, en este caso con un carro tirado por caballos o bueyes.
Después fuimos a Tan Ky, una casa de una familia de mercaderes chinos refugiados, que tenía mucho dinero. Todavía siguen viviendo allí algunos de los miembros de la rama principal, de la que hay siete generaciones vivas.
Nos dijeron que las tablas de las columnas y el resto de los enseres fueron subidos al segundo piso por medio de poleas cuando la inundación. También aquí el agua llegó mas arriba de mi altura (1,73m)
El puente japonés es un puente cubierto con un altarcito en su interior bastante recoleto. Lo que no se es porqué tiene tanto éxito entre las agencias de viaje españolas, que lo incluyen en todas sus visitas, pero no parecen incluir ninguna sala de reunión china.
La parada de los bienes intangibles fue al taller de artesanos, en los que se los puede ver haciendo todo tipo de artesanía: muñecas, zapatos, abanicos, cuadros bordados, lámparas, flautas, etc.
Y como llegamos a la hora, nos ofrecieron diez minutos de espectáculo tradicional con música y baile. Algunos vietnamitas, al escuchar la música, se asomaban para ver a través del enrejado. Las chicas no estaban muy bien sincronizadas, pero el chico desde luego se lo tomaba en serio.
Los instrumentos que utilizaban me eran casi todos desconocidos, y tampoco me enteré del nombre del único que hizo un solo. Había una batería tradicional, una cítara y una flauta como reconocibles; y de los desconocidos, uno con una especie de bocina-amplificador en la parte inferior, pero que era de cuerda y se tocaba con un arco similar al del violín. El otro instrumento desconocido consistía en una cuerda como de lira o arpa, pero con el segundo extremo móvil, por lo que se podía modular
el sonido al mover el extremo, y también variar esta modulación según a qué altura se tocaba o paraba.
Después de este segundo paseo por el pueblo volvimos otra vez al hotel a descansar, preparar las maletas y volver a darnos otro chapuzón. No sin antes parar en una zapatería para que Angela encargase unos zapatos a medida, por solo 11$. Le dibujaron en un papel los dos pies y le tomaron medidas de la altura del pie en las zonas en las que iban las tiras. En tres horas estuvieron listas. Lo mismo que el ao đai tras las últimas transformaciones, aunque todavía va a haber que sacarle un poco de las mangas a la altura del antebrazo.
La cena la hicimos en un sitio llamado Bo Bo y algo allí debió sentarme mal (zumo o helado), aunque también puede ser del sitio en el que paramos a media tarde. No se, solo espero que no vaya a mas para no estar chafada en la visita a Halong.
Día 27
Lo primero ha sido ir al sastre para ver si tenían que hacernos arreglos: en el caso de mi vestido azul no ha hecho falta, y el pantalón del ao dai me cae estupendamente, pero la parte de arriba me está estrecha y me llevan en moto al taller para que lo vea la costurera, que no hace mas que gesticular y señalar las medidas. Debe ser que las medidas que toman valen para las vietnamitas, pero no para alguien con espaldas anchas.
De aquí nos vamos a la primera isla por indicación dela sastre, que habla mucho mas inglés de lo que dice Olga. A pesar de todo, hay una tienda que se llama Same, same, but better en vez del same, same, but different para la copia en otro color que nos decía Olga.
La isla se llama Cam An y se nota que llegan muchos menos turistas que al resto de Hoi An. En cuanto sales de la calle principal no se ve a nadie. Incluso vimos las construcciones típicas de caña y palma. Lo que es increíble es la altura que alcanzó la última inundación, casi dos metros. No creo que estas casas sean fáciles de montar y desmontar como los templos, ya que estos últimos al menos llevan grandes vigas y pilares.
Del pueblito volvimos al hotel a darnos otro chapuzón y después volvimos a la carga y compramos un ticket para entrar en diferentes clases de monumentos del pueblo: un museo, una casa antigua, una casa de reunión china, el puente japonés y “bienes intangibles” culturales. En nuestro caso vimos los tres museos porque en los dos primeros a los que fuimos, el de cerámica y el del pueblo, no nos quitaron el cupón correspondiente. El de cerámica estaba en una casa vieja de la ciudad con los dos pisos de madera sin decorar y la cerámica consistía en piezas rotas en su mayoría. Eso sí, tenían una maqueta de barco impresionante.
Hablando de barcos, ya ví como bajan las redes colgantes. Tienen una especie de timón-cabrestante en un extremo del tinglado, y al aflojar las cuerdas, el tinglado se vence, con los palos incluidos, hasta que la red queda sumergida por completo.
El museo de la cultura son anh es una mezcla curiosa, pues la parte superior del edificio colonial corresponde al museo de la revolución. Tenían una de las tapas de entrada a los túneless del Viet Minh y debo decir que no se si cabría por el agujero. Del tercer museo apenas vimos nada, porque enseguida nos pasaron al templo anejo.
Las salas de reunión de la comunidad china son caso aparte: tienen un recibidor con un par de estanques en los laterales y luego la entrada propiamente dicha. Sigue una especie de comedor con un patio y altares en los laterales, y un altar principal al fondo. Del techo cuelgan unos conos de incienso con unas tablillas con inscripciones, supongo que a imagen y semejanza de nuestros objetos votivos.
En un anejo lateral del edificio hay fotos de personas y tablillas con ¿nombres?. Deben ser los altares para recordar a los antepasados. Y al fondo del todo un estanque con un dragón. Por todas partes hay bonsáis y maquetas, en este caso con un carro tirado por caballos o bueyes.
Después fuimos a Tan Ky, una casa de una familia de mercaderes chinos refugiados, que tenía mucho dinero. Todavía siguen viviendo allí algunos de los miembros de la rama principal, de la que hay siete generaciones vivas.
Nos dijeron que las tablas de las columnas y el resto de los enseres fueron subidos al segundo piso por medio de poleas cuando la inundación. También aquí el agua llegó mas arriba de mi altura (1,73m)
El puente japonés es un puente cubierto con un altarcito en su interior bastante recoleto. Lo que no se es porqué tiene tanto éxito entre las agencias de viaje españolas, que lo incluyen en todas sus visitas, pero no parecen incluir ninguna sala de reunión china.
La parada de los bienes intangibles fue al taller de artesanos, en los que se los puede ver haciendo todo tipo de artesanía: muñecas, zapatos, abanicos, cuadros bordados, lámparas, flautas, etc.
Y como llegamos a la hora, nos ofrecieron diez minutos de espectáculo tradicional con música y baile. Algunos vietnamitas, al escuchar la música, se asomaban para ver a través del enrejado. Las chicas no estaban muy bien sincronizadas, pero el chico desde luego se lo tomaba en serio.
Los instrumentos que utilizaban me eran casi todos desconocidos, y tampoco me enteré del nombre del único que hizo un solo. Había una batería tradicional, una cítara y una flauta como reconocibles; y de los desconocidos, uno con una especie de bocina-amplificador en la parte inferior, pero que era de cuerda y se tocaba con un arco similar al del violín. El otro instrumento desconocido consistía en una cuerda como de lira o arpa, pero con el segundo extremo móvil, por lo que se podía modular
el sonido al mover el extremo, y también variar esta modulación según a qué altura se tocaba o paraba.
Después de este segundo paseo por el pueblo volvimos otra vez al hotel a descansar, preparar las maletas y volver a darnos otro chapuzón. No sin antes parar en una zapatería para que Angela encargase unos zapatos a medida, por solo 11$. Le dibujaron en un papel los dos pies y le tomaron medidas de la altura del pie en las zonas en las que iban las tiras. En tres horas estuvieron listas. Lo mismo que el ao đai tras las últimas transformaciones, aunque todavía va a haber que sacarle un poco de las mangas a la altura del antebrazo.
La cena la hicimos en un sitio llamado Bo Bo y algo allí debió sentarme mal (zumo o helado), aunque también puede ser del sitio en el que paramos a media tarde. No se, solo espero que no vaya a mas para no estar chafada en la visita a Halong.
Día 27
Etiquetas: Vietnam y Camboya
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